Historia de dos ciudades, Vol. 1: Bruselas

La primera vez que estuve en Bruselas fue por allá en el 2009 que me fui con un amigo a visitar a una compañera de la u que estaba viviendo allá. Era verano y nos tiramos desde Munich con una parada en París, de ahí a Rotterdam y Amsterdam a visitar a un viejo crush que tenía por allá y luego quedamos por ciudades vecinas como Brujas y Oostende.

En esta oportunidad el escenario era un tanto distinto ya que iba por un seminario y me pareció super dramático por parte de nuestro director de programa el llamar a Bruselas como la ciudad de los mil grises, nada que ver con cómo la recordaba, pero empecé a dudar de mis recuerdos con la lluvia y el frío que nos recibió al salir del aeropuerto.

Nadie quería pagar 50 euros por el taxi hasta el hotel, así que nos decidimos a agarrar un bus, tomándonos el riesgo de que nos metieran presos ya que la máquina de los tickets daba mensaje de error con nuestras tarjetas de crédito. Al menos un compañero y yo logramos comprarle a una pareja que había comprado boletos erróneos…

Llegamos domingo en la noche y los participantes del seminario habíamos acordado ir a comer juntos. La cosa es que, a diferencia de Panamá donde todo abre, en Bruselas casi todo estaba cerrado y aun Plaza Luxemburgo, justo en frente del Parlamento Europeo, parecía un pueblo fantasma. Finalmente los veintitantos entramos a un pub para el pánico de la mesera a quien casi le da un infarto cuando le dijimos que íbamos a comer y no solo a beber faltando una hora para el cierre de la cocina.

El servicio al cliente en Bruselas no me pareció malo, peeeero, el hecho de que la mesera nos hubiera pedido a un grupo de totales extraños en un país desconocido que acordáramos cuatro platos y de ahí pedir, me da a entender que no son de ese pensamiento rápido de latino… una más vivaracha te recomienda un plato super fácil como si fuera la gran maravilla y todos quedan pidiendo lo mismo.

Ahora, gastronomía belga no es muy variada, pero hay restaurantes de toda clase y dependiendo del lugar, los precios pueden ser comparables con los de Panamá. Por ejemplo, orden de chorizos y papas, que es “lo local”, además de los estofados, te puede salir en $9.73 (según el historial de mi tarjeta) y las pintas están entre 3.50 y 4 euros, es decir unos $4.60, mientras que en un pub por una hamburguesa de lentejas y una cerveza se me fueron $22.32 (en euros no se sentía tan caro). Esto no quiere decir que comer en Bélgica sea barato, sino que Panamá está caro. Ya por el lado amable, los waffles, los chocolates y los bares compensan por todo.

Nos hospedamos en un apartotel super céntrico a un par de cuadras del centro donde estábamos tomando el seminario y como a 20 minutos caminando de Grand Place, donde encuentras el ayuntamiento, así como los restaurantes y bares como el famoso Delirium. El lugar con desayuno incluido, wifi, una cocinita básica y una tiendita con comidas de microonda, frutas y licor estaría saliendo entre $110-116 la noche (estaba cubierto por el seminario), aunque en airbnb puedes encontrar alojamientos entre $39 y $152 la noche.

El chip europeo que me heredó mi mamá de su último viaje por alguna razón no funcionaba en Bruselas, pero casi todos los lugares donde estuvimos tenían wifi disponible, e incluso hay lugares donde te puedes pegar por 15 minutos que se renuevan cada 24 horas en caso de un desespero.

A pesar de que nos recibió entre sombras, Plaza Luxemburgo se llena de bullicio los martes con foodtrucks y los jueves con los bares que salen a las aceras. Eso sí, demasiado eye candy por ahí.

Entre todo el ajetreo del seminario incluimos una visita al Parlamentarium, o centro de visitantes del Parlamento Europeo, el cual narra los conflictos y tratados que propiciaron la creación de la Unión Europea, así como su influencia en la vida europea, y la Casa de la Historia Europea, la cual, tal como su nombre lo dice, provee un compendio de la historia del continente europeo desde la mitología que le dio su nombre, incluso su rol en la colonización en África y las Américas, pasando por la I Guerra Mundial, el Holocausto, la Guerra Fría y la caída del Muro de Berlín. Las instalaciones están meticulosamente curadas hay secciones que tienen explicaciones especialmente diseñadas para niños. La entrada es gratis y está disponible en 24 idiomas.

El sábado ante de partir lo tuvimos libre, así que varios grupos nos fuimos a Brujas. Por ser fin de semana, el boleto en tren nos salió en 15 euros ida y vuelta (si eres menor de 26 te sale más barato aun). El trayecto desde la estación de Luxemburgo hasta Brujas tomó como dos horas y saliendo a las 9 a.m. para regresar a las 4 p.m. te rinde para caminar por la ciudad, entrar a las iglesias y chocolaterías e incluso tomar el botecito que te lleva por el río por 9 euros.

A nueve años de nuestro primer encuentro, Bruselas me volvió a enamorar y espero poder verla de nuevo (a diferencia del crush en Holanda que ya está casado y es padre de familia). Me faltó conocer el Planetario, el Museo de Bellas Artes y el parque Mini Europe, así que a ahorrar se ha dicho.

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